—Ya sé qué te sucede —me dijo—. Los odias a todos. Los odias
por lo que has tenido que sufrir y ellos ignoran. Ninguno de ellos
tiene la imaginación suficiente para entender lo que te sucedió
ahí arriba, en la montaña.
Experimenté un frío placer al escuchar estas palabras y
respondí con un mudo asentimiento que ella entendió
perfectamente.
—Lo mismo me sucedió a mí la primera vez que tuve un hijo —
siguió entonces—. Padecí terribles sufrimientos durante doce
horas y me sentí atrapada en el dolor, sabiendo que la única
liberación era el parto o mi muerte. Cuando todo hubo pasado,
sostuve en los brazos a tu hermano Augustin, pero no quise a
nadie más cerca de mí. Y no era porque los culpara a ellos. Era
sólo que había sufrido tanto, hora tras hora, que había entrado en
el círculo infernal y había vuelto a salir de él. Ellos no habían
estado en aquel círculo infernal. Y yo me sentía completamente
sosegada. En aquel hecho tan corriente, en el acto vulgar de dar a
luz, entendí lo que significa la soledad absoluta.
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